Ana & Moisés Parte II

Su padre la había acorralado: O se casaba con José o, por su culpa, los negocios familiares se irían a la quiebra y, acto seguido, todos migrarían al extranjero, con lo cual a Moisés volvería a verlo solo en foto. Sin embargo, esta amenaza era más un juego psicológico que otra cosa. Tanto Ana como su padre sabían, en el fondo, que la joven no tenía ninguna decisión que tomar. Ni que se hubiera revelado con todas sus fuerzas hubiese logrado su cometido. Quisiera o no, el matrimonio con José ya era un hecho, solo faltaba organizarlo.

Los intentos de Moisés tampoco surtieron efecto. Y no porque se haya quedado corto de argumento, sino porque, básicamente, era pelear contra la pared. Sus quejas tenían tanta repercusión como las que pueden tener hoy día las de un niño que no quiere hacer la tarea. A ninguna de las dos familias les importaba en lo más mínimo lo sentimientos de sus hijos, por el simple hecho de que, en la mayoría de los casos, las historias -con más o menos matices- se iban repitiendo de generación en generación. Es decir, los padres de Ana y los de Moisés, tampoco habían tenido ni voz ni voto a la hora de contraer matrimonio. Esto no quiere decir que no hayan existido las verdaderas historias de amor, pero en muchos casos era algo que se construía con el tiempo.

Así las cosas, un mes y medio después de aquel brindis siniestro, Ana se estaba calzando el vestido blanco para convertirse, contra su voluntad, en la esposa de José. Para amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe. Y así fue. O casi.

Al dar el sí, Ana también se convertía en la cuñada de Moisés, su amor. Paradójicamente, el día de su casamiento no sería recordado como la fecha más feliz de su vida, sino como la más triste. Y esa tristeza inexplicable que nos invade al cortar un vínculo, en el caso de Ana, la acompañaría, sino toda la vida, por muchos años más.

La relación entre José y Moisés no quedó tan resentida. Al igual que sus padres, José tampoco se había tomado muy en serio el pataleo de su hermano menor.

Al poco tiempo de casarse, Ana y José tuvieron su primer hijo. Y enseguida vino el segundo, el tercero y el cuarto. Todos con muy poca diferencia de edad.

José, debido a los negocios familiares, debía viajar constantemente a Europa. En esa época los viajes se hacían en barco, por lo que las ausencias eran de tres o cuatro meses. Mientras, Ana estaba dedicada de lleno a criar a sus hijos. Por su parte, Moisés, a pesar de haber tenido varias oportunidades, había decidido quedarse soltero.

Y así, todo fluía de manera normal. Infelizmente normal, pero fluía.

Luego del nacimiento de su quinto hijo y habiendo pasado ya muchos años de aquel corte que -salvo Ana y Moisés- nadie recordaba, José le pidió a su hermano menor si podía cuidar de su mujer y de sus hijos durante sus ausencias. Y así lo hizo. El tío Moisés se instalaba durante largas temporadas en la casa de su cuñada y velaba por la seguridad de la familia de su hermano. Sus sobrinos lo adoraban y Ana, en silencio, también. Estar tan cerca y tan lejos, era enloquecedor.

Aunque habrá más de un lector desconfiado, ambos decidieron respetar a José cueste lo que cueste. La convivencia era tan tortuosa como placentera. El corte de una relación que en realidad nunca existió, había quedado muy lejos, pero la herida persistía en ambos, igual que el primer día.

Con el correr de los años, las mudanzas a casa de su hermano eran parte de una rutina en su vida. Sin embargo, Moisés no se acostumbraba a las despedidas. Cada vez que José regresaba, era como un pequeño corte sobre la herida abierta. Sin embargo, lejos de distanciarlo de Ana, esto cada vez lo acercaba más y, la promesa de no traicionar a José cada vez costaba más.

Ana y José siguieron teniendo hijos. Dos más. En ambos casos, José había vuelto de Europa y se había encontrado con su mujer embarazada. Como en esa época no existían los test de embarazos, saber con exactitud el tiempo de gestación era imposible.
Lo que hoy es un secreto a voces dentro de la familia de Ana, en ese entonces era silencio absoluto. Nadie nunca se animó si quiera a insinuar que estos últimos dos hijos podrían no ser de José. Ni siquiera ellos mismos, que llamaron tío a Moisés hasta el día de su muerte.

Luego del nacimiento del séptimo hijo de Ana, Moisés, repentinamente, decidió irse a vivir al extranjero y alejarse definitivamente de su hermano, de su cuñada y de sus sobrinos. Nuevamente, la separación. Un nuevo corte por afrontar. Ahora sí, creían, se alejarían para siempre. Ese día, Ana lloró como en su casamiento. Sabía que era definitivo. Igual que la otra vez.

El resto, continuó sin sobresaltos. Ana conservaba esta herida como un tesoro que no quería compartir con nadie. Sus hijos crecían y José seguía viajando.

Una década después, Moisés regresó a la Argentina, ante la trágica noticia del suicido de Sergio, su otro hermano.

El mismo día del entierro, la familia encontró una carta en la que Sergio pedía perdón y comprensión. Y entre otras cosas, confesaba que también estaba enamorado de Ana.
Además del dolor a causa de la muerte de su hermano, Moisés sintió una culpa tremenda por no haber callado sus sentimientos, como lo había hecho Sergio.

Poco tiempo después, José enfermó gravemente y antes de morir, le pidió a su hermano Moisés que cuide a su familia hasta su último día.

Y así, con el pedido y de alguna manera el aval de José, con un secreto que nunca develarían y con el amor que se seguían teniendo a pesar del tiempo, Ana -quien ya tenía 60 años- y Moisés -75- se casaron. Sus siete hijos aceptaron el matrimonio de su madre con su tío, a quién querían casi como a un padre, ya que en muchos períodos de su vida, había sido la única figura masculina presente.

Fueron tan felices como pudieron. La pena de haber pasado la mitad de su vida separados era imborrable y, a la vez, la incertidumbre de cuánto tiempo tendrían por delante, muchas veces les impidió gozar como lo habían imaginado.

Menos de diez años después, Moisés fallece. Ana, por tercera vez en su vida debía soportar el dolor de separarse de su amor, y aunque en todas las oportunidades lo había sentido como una ruptura definitiva, esta vez no solo era definitiva, sino la última.

A los 70 años Ana volvía a enviudar, pero esta vez juró que sería la última. Y hasta sus 102 años se quedó sola.

Aquel secreto familiar anteriormente mencionado siguió creciendo durante esos 32 años, pero Ana se llevó la respuesta a la tumba. Sus hijos (el sexto y el séptimo) intentaron en varias oportunidades preguntarle a su madre quién había sido su verdadero padre y la respuesta, en todos los casos, fue José.

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Acerca de El Corte

Historias de amores que no fueron.
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10 respuestas a Ana & Moisés Parte II

  1. veritac dijo:

    Qué tristeza … no me sale nada más para decir…

  2. Emma // dijo:

    Lo que eran otras épocas, ¿no?
    Directo a mi blogroll chicos 😉

  3. Adrix dijo:

    Una historia tragica por cierto pero que era muy comun desde años inmemorables.
    Cuantas veces se han arreglado casamientos y no importa lo que dicen los esposos.
    De hecho en varias partes del mundo aun se sigue haciendo.

    De hecho sin ir muy lejos, Gandhi cuando se caso tenia el 13 años y su mujer 12, el comentaba que despues el amor aparecio con el tiempo.

    Quisiera saber cual era la la historia similar de la persona que les acerco esta historia.

    Por que si mal no recuerdo todo empezo con “Esta historia nos llegó por la bisnieta de nuestra protagonista, quien se encontraba en una situación similar a la que relataremos acá.” Se enamorto de dos hermanos o no quiso decir sobre la paternidad de alguno de sus hijos?

    Muy buen blog por cierto.
    Besos y abrazos.

  4. Mai dijo:

    Que triste y a la vez linda historia, porque mas allá del tiempo perdido pudieron, aunque sea por pocos años, vivir su amor. Igual no dejo de pensarlos a ellos en las ausencias de José, me da la sensación de que deberían amarse solo con mirarse… no se…
    Me gusta mucho el blog.

    Saludos

  5. Gabriel dijo:

    Es una historia triste, pero si algo bueno me queda, es saber lo afortunados que somos en estos tiempos. Tambien lo impacientes.

  6. Nancy dijo:

    Lo que para una mujer en muchos casos es uno de los días más felices de su vida -el casamiento junto con el nacimiento de sus hijos- en aquellos tiempos era el día más triste.
    Con cuanta tristeza se vivía al amor en otras épocas, tanto para las mujeres como para los hombres. ¿Qué clase de familia se podía formar sobre unos cimientos que carecían del elemento fundamental? El amor. El amor, que trae de la mano al respeto y la tolerancia.

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