La pregunta Semanal

Hola, tengo 23 años, hace 9 meses que salgo con un chico de 29 y todavìa el no quiere ponerle título a la relación. A pesar de compartir muchas cosas como las familias y fines de semana juntos. Hace 3 meses dijo que no querìa que estemos con otras personas y que en dos meses aproximadamente quizas podrìamos ponernos de novios.

¿Tengo que encararlo yo o esperar que él decida? ¿Qué hago con el miedo que me produce enfrentar la situaciòn?

gracias!

Publicado en La Pregunta Semanal | 15 comentarios

Carolina & Federico Parte II

Sacada como chiflada sin Rivotril, Carolina llegó al Banco en el que trabajaba Federico y se metió en el cajero automático para hacer tiempo hasta que abran. Estaba camuflada con anteojos negros y un pañuelo en el cuello que, en el peor de los casos, le permitiría esconderse como un avestruz. Igual, las chances de que Federico la reconociera era casi nulas: Primero porque no la había visto ni en foto y segundo porque lo último que se hubiese imaginado era que el nivel de obsesión de ella había llegado a un pico tan alto como para aparecerse en su lugar de trabajo.

Cinco minutos después de haber llegado, Federico pasó frente a sus narices y, sin dudarlo, supo que era él. Era tal cual se lo había imaginado y, lo que más felicidad le daba, era que él no le había mentido en nada. Ni de más, ni de menos. Carolina, literalmente, murió de amor.

En ese momento, algo la calmó y decidió irse a su casa tranquilita.

Esa noche, lo esperó conectada con más ganas que nunca. Y aunque la cosa venía media tensa por sus constantes planteos, la charla fue positiva. Él le dijo que la quería y ella le replicó que soñaba con el día que se lo dijera en la cara. Federico le explicó que estaba con muchas cosas, pero que pronto se encontrarían.

Al día siguiente, Carolina volvió al banco decidida a encararlo, pero ni bien llegó repitió la parodia del día anterior: Se metió en el cajero, hizo tiempo, se lo volvió a cruzar y se fue. Y así, durante toda la semana. Cada vez que estaba a punto de acercarse y presentarse, un pánico la avasallaba y se volvía a su casa, esperando que él se conecte para chatear. Sin embargo, esos días Federico no apareció y ella se empezó a paranoiquear pensando que tal vez él la había visto y la había bloqueado, espantado por su actitud.

Para tranquilizarse releía el historial de la última conversación en la que él le decía que la quería y que, en cuanto resuelva algunas cuestiones, podrían encontrarse. Sin embargo, la obsesión le ganó y empezó a mandarle emails pidiendo explicaciones. Uno, dos, tres y, perdió la cuenta, pero le habrá llegado a mandar quince mails en cuatro días. Algunos más largos, otros más cortos, pero todos terminaban con la misma pregunta loca: ¿Vivís?

Llegó el fin de semana y Carolina se deprimió como nunca. Sus amigas la motivaban para salir, pero ella no se quería separar de la computadora, con la esperanza de que él aparezca o, por lo menos, le responda la catarata de mails que le había envidado. Y nada.

El lunes, dispuesta a todo, Carolina volvió al Banco, pero ya no camuflada con gafas y pañuelo, sino vestida de punta en blanco, como novia antes del civil. Había juntado fuerzas para encararlo y declararle todo su amor. Pero Federico no apareció. Casi sin pensarlo, se acercó a una de las empleadas de la sucursal y preguntó por él. Y sin anestesia, le contestaron que lo habían trasladado a Brasil.

Más anonadada que angustiada, Carolina llegó a su casa y se conectó nuevamente para enviarle un último email, exclusivamente para mandarlo a la mierda. Pero Federico se adelantó, y un correo electrónico suyo la esperaba desde hacía un par de horas.

En el email Federico le pedía perdón por haber desaparecido esa semana y le explicaba que había estado enfermo y que no había tenido fuerzas de conectarse. Y al final le decía que a la noche la iba a estar esperando on line, que estaba loco por chatear con ella y que la semana que viene podrían encontrarse personalmente.

Si hasta hace un rato Carolina estaba confundida, luego de leer el mensaje de Federico no entendió más nada. Varias veces escribió algo así como: “Loco de mierda no me jodas más, ya sé que estás tomando agua de coco en Brasil, saludos, Carolina” pero la intriga de ver que le diría Federico a la noche, la hizo –todas las veces- apretar el botón de Cancelar en vez del de Enviar.

Casi llegando a la madrugada, Federico apareció. Nuevamente le pidió perdón por los días de ausencia y le volvió a decir de encontrarse la semana que viene. Carolina estaba indignada porque él no le blanqueaba que se había ido a vivir a Brasil, pero le seguía la corriente para ver hasta dónde iba a llegar con esta farsa. Y lo que más bronca le daba era, a la vez, lo que más la tranquilizaba: Federico seguía diciéndole cuánto la quería y que estaba loco por verla.

El día del encuentro, unas horas antes de lo acordado, Federico le mandó un mensaje reconfirmando la cita. Ella leía el email y lloraba y, aconsejada por sus amigas más íntimas, entendió que lo mejor que podía a hacer era borrarlo del ICQ, borrarlo de sus contactos y de su cabeza y empezar a olvidarse de alguien que la había acompañado virtualmente los últimos seis meses pero que, de última, nunca había conocido.

Pasaron cinco meses sin tener contacto y Carolina seguía pensando en él y, a veces, hasta soñándolo. Pero como gorda a dieta, puso toda su voluntad y cada vez que quiso mandarle un email, se cortó la mano. Hasta que llegó el día de su cumpleaños y sus amigas le prepararon una fiesta sorpresa. Carolina volvió a su casa borracha y, como estaba con un par de cambios menos, agarró la computadora dispuesta a mandarle un email. Pero igual que hace cinco meses, Federico se había adelantado. Eran casi dos carillas en las que él, además de felicitarla por el cumpleaños, le decía que le había costado mucho escribirle y que nunca entendió por qué ese día faltó a la cita.
Con las pocas luces le quedaban, Carolina, que estaba que trinaba, le contestó lo que tanto tiempo se había guardado. Sí, le contó que lo había ido a ver al Banco durante una semana seguida, que había muerto de amor y que cuando fue decidida a encararlo, le informaron que él se había ido a vivir a Brasil. También le puso que los días subsiguientes al notición, le había seguido la corriente para ver hasta dónde llegaba y que no podía creer que encima de haber tenido el caradurisimo de haberla citado desde Brasil, ahora tenía el tupé de echarle en cara el plantón. También le propinaba un par de improperios y, finalmente, le decía que si quería seguir jugando se busque a otra pelotuda por Internet, que seguramente había de sobra.

Media hora después, la respuesta de Federico la terminó de aniquilar. Sí, efectivamente Federico había sido trasladado a Brasil por cuestiones laborales pero a la semana de irse había vuelto a Buenos Aires para terminar un par de trámites y, fundamentalmente, para encontrarse con ella y decirle todo personalmente y ver, entre los dos, que solución le encontraban. Le juraba que nunca había jugado con ella y que hasta hubiese estado dispuesto a dejar todo, pero que su plantón lo hizo recular y seguir su ruta. Y para rematar le decía que todo este tiempo la había extrañado mucho.

Carolina, que no sabía cómo remontarla, le dijo que quería verlo, que si él no podía venir, ella podía pedirse unos días en su trabajo y viajar a Brasil. Federico le contestó que en un mes venía a visitar a su familia y que ahí podrían finalmente encontrarse.

Otra vez, Carolina y Federico se pasaron todo el mes chateando hasta que llegó el gran día. Casualmente, el día que él viajó a Buenos Aires se cumplía un año del primer chat que habían compartido. Ni bien llegó al aeropuerto, Federico se tomó un taxi derecho a la casa de Carolina y, cuando la vio, sintió lo mismo que ella había sentido aquel día en el Banco.

Pasaron la mejor noche de su vida y se juraron amor eterno. Sabían que iba a ser complicado mantener el vínculo a la distancia, pero él le prometió que iba a hacer lo posible por pedir el traslado a Buenos Aires, solo le solicitó tiempo.

La semana que Federico se quedó en Buenos Aires no se separaron ni un minuto. Para Carolina, él era su novio, pero la realidad es que él nunca le había mencionado esa palabra.

Todo siguió por email y chat. Hasta que un día, Carolina que no daba más de lo que lo extrañaba, hizo un viaje relámpago a Brasil. Sí, le cayó de sorpresa pero la sorpresa se la llevó ella: Federico estaba viviendo con una brasilera hace dos meses, un tiempo antes de escribirle para su cumpleaños. El trató de explicarle que la relación había comenzado cuando ellos habían perdido el contacto y que apenas lo retomaron decidió separarse, pero que todavía no había encontrado el momento de plantearlo.

Carolina se volvió a Buenos Aires con el corazón roto y no lo atendió más.

Hoy…
Pasaron diez años de aquel episodio. Federico la siguió llamando durante un par de años sin obtener respuesta. Ella recién lo volvió a atender cinco años después, para decirle que se casaba. Sin embargo, el matrimonio le duró poco: apenas dos años le bastaron para darse cuenta que no estaba enamorada de Luis, un hombre que le había presentado el marido de su mejor amiga y con quien había pasado buenos momentos, pero nada parecido a lo que había aprendido a llamar felicidad durante el tiempo que duró su vínculo con Federico. Apenas se divorció, le mandó un email a Federico, quién le respondió que la sigue amando, y que está viviendo en China.

Share

Publicado en Carolina & Federico | 7 comentarios

Carolina & Federico Parte I

Carolina y Federico se conocieron un año después de haber tenido su primera conversación. Cuando se encontraron cara a cara creían que lo único que les faltaba conocer el uno del otro era justamente eso, la cara, el aspecto físico. Porque el resto, juraban, lo conocían íntegro. Durante todo ese año, Carolina y Federico no habían dejado un día sin chatear. Los 365 días, todos los días.

Esta historia empezó como miles de otras historias: Una mujer aburrida en su casa, una computadora y un hombre del otro lado, en la misma situación: Solo y sin ningún plan mejor que charlar con una desconocida.

Año 1999: Era la época del ICQ -“I seek you”, en castellano, “Te busco”-, uno de los primeros programas de mensajería instantánea en ser ampliamente utilizado en la red. Como característica distintiva, al buscar a una persona por su nombre, el ICQ nos proporcionaba una lista con toda la gente que llevaba ese nombre y, al lado, una flor que -dependiendo del color: verde o rojo- indicaba si ese usuario estaba conectado o no.

Carolina estaba en su casa, sola, aburrida y comiendo los restos de la torta de su cumpleaños número 37. Mientras consumía una importante cantidad de hidratos de carbono, pensaba obsesivamente que estaba a 3 escalones de los 40 y que se encontraba más sola que perro sarnoso en country club.
Entonces, se conectó al ICQ y buscó, al azar, a un tal Federico Díaz, que era un ex compañero de la facultad con el que había tenido una historieta pasajera.

Al ver la cantidad de Federico Díaz que aparecían, Carolina se desanimó: Encontrar a ese viejo compañero iba a ser casi una misión imposible pero, acto seguido, hizo un razonamiento obvio y concluyó que entre ponerse a hablar con un chico que no veía hace 14 años y con el cuál solo había compartido un cuatrimestre, tres finales y una noche de sexo; y ponerse a hablar con un equis total, había una distancia de una baldosa. Entonces, sin dudarlo, le habló al primero de la lista.

Del otro lado, uno de los tantos Federico Díaz que estaba on line, respondió. En menos de cinco minutos, ella confirmó que este chico nada tenía que ver con su ex compañero de facultad, pero siguió adelante y, así las cosas, Carolina y Federico se embarcaron en una conversación que los mantuvo entretenidos por más de tres horas.

A simple vista, además de la edad y el estado civil, lo único que tenían como denominador común era un terrible embole. Y algo más, esa noche, ambos tuvieron la sensación de estar acompañados.
Al otro día, Carolina volvió a conectarse y ahí estaba él, esperándola. Eso fue lo que le dijo apenas apareció su nombre en la pantalla.

Con el correr de los días y las semanas, las charlas con Federico empezaron a ser parte de su cotidianidad. Y entre chateo y chateo, cada tanto, se colaba algún email. Ahora Carolina se levantaba y lo primero que hacía era conectarse y chequear su correo electrónico.

Cuando hay un monitor de por medio la gente se atreve a decir cosas que a veces no diría cara a cara. Y esta no fue la excepción: A los pocos días, Carolina y Federico se habían confesado el interés que sentían el uno por el otro, y las ganas de conocerse personalmente. Sin embargo, ninguna de las partes había hecho una propuesta concreta acerca de un futuro encuentro de carne y hueso. Eran solo comentarios, deseos, fantasías o frases sueltas que, cada tanto, alguno de los dos tiraba.

Al principio, Carolina hizo un esfuerzo por no tomarse en serio este vínculo, pero lo cierto era que la aparición de Federico en su vida había alterado totalmente sus hábitos: Pasaba gran parte del día conectada a Internet y los fines de semana ya no hacía programas con sus amigas, compañeras de trabajo y/o familiares: Absolutamente todos los viernes y sábados a la noche, Carolina ponía excusas y se quedaba en su casa para chatear con él, largas horas.

La confianza fue creciendo y ella sentía que Federico era la persona que más la conocía, que más la entendía y, también, que más la quería. Por su parte, el sentimiento era recíproco. No solo pensaba todo el día en él, sino que también lo soñaba. Y todo esto, sin conocerlo.

Ambos creían haber encontrado el amor en Internet, pero el tiempo pasaba y al no mencionar él la posibilidad de un encuentro, comenzaron, las peleas, los planteos y hasta las escenas de celos.
Llevaban exactamente seis meses chateando y Carolina se preguntaba por qué Federico no querría verla ¿Tendría novia? ¿En estos seis meses habría salido con alguna mujer o le sería virtualmente fiel? ¿Existe la fidelidad virtual? ¿O es una locura? Para Carolina, resultó una locura.

Un día, harta y desbordada, decidió seguir a Federico. Aunque era casi ridículo ir detrás de un desconocido, ella estaba segura que con los datos que tenía (Sabía que era alto, rubio, que tenía ojos negros, que vestía traje y que trabajaba en un banco) lo iba a encontrar.

¿Cómo creen que continuará la relación? ¿Alguna vez vivieron una relación así? Contanos lo que pensás.

Share

Publicado en Carolina & Federico | 8 comentarios

Fernando & Mariano Parte II

Un rato más tarde; los amigos llegaron a la casa de Fernando. Como Mariano estaba bastante más ebrio que él, Fernando lo ayudó a entrar y ambos fueron directamente al living. Fernando que seguía con ganas de agasajar a su amigo trajo una botella de Vodka y lo persuadió para que no se durmiera ya que era una de sus últimas noches de soltero.

Una vez sentados en el sillón y con varios vasos de Vodka encima, Fernando le propuso a Mariano jugar al juego “Verdad, Consecuencia”.

Rápido y sin perder un minuto, Fernando le preguntó a Mariano si alguna vez se había sentido atraído por él. Mariano, que apenas podía sostenerse en pie, se negó a contestar la pregunta. Y nuevamente rápido y astuto, Fernando le dijo que entonces debería afrontar la consecuencia y lo besó.

Esa misma noche tuvieron sexo y se dijeron cosas que jamás habían pensado decirse. Mariano, de pronto, se sentía libre y cómodo en los brazos de su amigo, aunque un malestar en el pecho le decía que para sentirse de esta manera debería afrontar un montón de prejuicios que no estaba dispuesto a afrontar.

Por la mañana, Mariano le dijo a Fernando que todo había sido un error fatal y le pidió que por favor guardara silencio. Que esta no era la vida que quería para él, y que seguiría adelante con su plan de casarse con Laura.
Fernando, totalmente superado por la situación le rogó y suplicó a su amigo que reconsiderara la situación. Le recordó todo el amor que la noche anterior le había jurado y le advirtió que si se casaba con Laura habría tres personas infelices: Ellos dos y Laura.

Mariano reaccionó muy mal y amenazó a Fernando con contarle a todo el mundo que era homosexual. Le dijo que nunca más quería volver a verlo y le pidió que se aleje de él. Luego de un portazo cerró la historia para siempre. O al menos eso intentó.

Tan rápido como salió de la casa de su amigo, se fue a una joyería, le compró un anillo a Laura y se dirigió a su casa a proponerle matrimonio formalmente a su mujer, como si este acto impulsivo borrara todo lo que había sucedido la noche anterior. Laura, que estaba viviendo otra realidad, aceptó y se sintió la mujer más feliz del mundo.
Unas semanas más tarde, Laura y Mariano ya tenían turno en el registro civil y esperaban ansiosos la fecha que los uniría para siempre.

Una tarde, mientras Laura trabajaba en su oficina, un correo lleno de archivos adjuntos le llegó a su e-mail: Eran fotos que le enviaba Fernando en las cuales estaban él y Mariano desnudos, besándose y abrazados. Y en el cuerpo del e-mail le decía que hacía esto para evitarle a ella una vida de desgracia.

Fernando logró su cometido a medias: Laura y Mariano no se casaron, pero su amigo, luego de molerlo a golpes, le juro que no volvería a verlo nunca más en la vida. Fernando intentó disculparse por todos los medios y además se esforzó por tratar de persuadir a su ahora ex amigo de que, a pesar de la bronca, ellos se amaban. Le pidió que lo piense, que se tome todo el tiempo del mundo que él lo iba a estar esperando, pero Mariano contestó de una manera más que humillante: Le dijo que sentía asco por él y lo escupió.

Lo increíble fue que una vez que se quitó la bronca con Fernando, Mariano no buscó a Laura. En realidad la buscó para disculparse y terminar esa historia de la mejor manera posible, pero no hizo ningún intento por volver con ella.

Con el paso del tiempo, Mariano no entendía como Fernando no lo buscaba. Se engañaba a si mismo pensando que Fernando debería pedirle perdón eternamente, aunque lo único que quería era volver a verlo.
Mientras tanto, Mariano salió con distintas chicas, pero no lograba engancharse realmente con ninguna.
Casi dos años después de aquel episodio traumático, Mariano llamó a Fernando. Lo atendió Diego, su pareja, y le dijo que Fernando no conocía a ningún Mariano.

HOY…
Laura está casada con un antiguo compañero del colegio, con quién se reencontró por Facebook un año después de romper con Mariano. Nunca le contó los motivos por los cuales se separó de su ex pareja y, todavía hoy, intenta en silencio poder borrar esa historia definitivamente de su corazón.
Mariano sigue sin olvidar a Fernando y no pierde las esperanzas de que éste algún día lo perdone y vuelva con él, aunque después de estar más de un año llamándolo y mandándole e-mails, decidió resignarse.
Fernando sigue su historia con Diego, a quién conoció meses después del episodio con Mariano y Laura. Diego supo desde el primer día cuál había sido la historia con Mariano y, con calma y paciencia, lo ayudó a superar tanto dolor. Fernando considera a Diego no solo un gran compañero sino su gran apoyo, pero no pudo volver a sentir el mismo amor que sintió por Mariano.

Publicado en Fernando & Mariano | 6 comentarios

Fernando & Mariano Parte I

Fernando y Mariano tienen 28 años. Se conocieron cursando el primer año de secundario en la Ciudad de Rosario. Desde ese momento, ambos forjaron una amistad inquebrantable que hasta el día de hoy, nada ha podido destruir.

Compartían todo. Sin embargo, Mariano siempre ha tenido sospechas respecto a Fernando, ya que en todo su historial como amigos, jamás lo había visto interesado verdaderamente por una mujer. No se sentía incómodo al respecto, pero tampoco se animaba a preguntarle si le sucedía algo, o si simplemente era homosexual.

Con el correr del tiempo habían vivido todo tipo de situaciones. Habían vacacionado juntos, iban religiosamente a la cancha todos los fines de semana, y hasta compartían el trabajo en la Municipalidad.

Pero esta armonía amistosa se ponía en riesgo cada vez que Mariano se ponía de novio. Fernando, muchas veces sin conocerlas, le tiraba abajo a todas sus chicas y le recomendaba constantemente que se mantuviese soltero.

Mariano no entendia, ya que cuando ambos salían su amigo jamás estaba interesado en otras mujeres. Por eso no comprendía las ventajas de estar soltero si su propio amigo no las aprovechaba.

Por eso, siempre en estas instancias, la relación de ambos titubeaba. Fernando comenzaba a acosar a Mariano y a invitarlo a distintos programas absolutamente todos los días con el único fin de que Mariano dijese que no para reprocharle que lo estaba abandonando por la primera mujer que se le cruzaba.

Así que en estos momentos, Mariano tomaba distancia de Fernando para no tener que mentirle y darle excusas sin sentido, ni tener que tolerar desplantes de un amigo celoso.

Lo único que complicaba la situación era que compartían el trabajo y eso,  quieran o no, los hacía verse las caras durante nueve horas todos los días.

Finalmente, luego de añares de celos desmedidos, Mariano se dignó a enfrentar a Fernando y salieron a cenar para aclarar los tantos. Para sorpresa de Mariano, Fernando se mostró totalmente de acuerdo con las palabras de él. Le pidió disculpas y prometió no volver a hacerlo nunca más, luego de aclararle que estaba conociendo a una chica que le interesaba mucho y que finalmente lo entendía.

Mariano tuvo sentimientos encontrados y aunque odiaba siquiera pensarlo, de cierto modo ahora se sentía celoso. Siempre había creído que la vida de Fernando giraba en torno a él y, en algún punto, sospechaba que su amigo lo amaba. Tal vez por cuestiones de ego, o de inseguridad, Mariano se vio afectado ante esta aparente nueva relación de Fernando y se fue a casa confundido, absorto.

El fin de semana se juntaron para salir de juerga como hacían siempre. Esta vez, Mariano había invitado a Fernando, quien no puso resistencia a la crónica invitación.

Luego de tener una ronda nocturna por toda la ciudad, y de haber tomando alcohol en cuanto bar de esquina se cruzaran, Fernando llevó a Mariano a su casa.

Durante la charla que mantuvieron en el auto, Mariano comenzó a contarle que estaba a punto de pedirle casamiento a Laura, la chica con la que estaba saliendo. Que creía que ya era hora, y que sentía que era la mujer indicada para poder dar ese paso tan importante.

Fernando, por el contrario a las sospechas de Mariano, se sintió feliz por su amigo, o al menos demostró eso. Y entonces le dijo que al otro día saldrían a agasajarlo con una fiesta de despedida importante, en la que romperían absolutamente todo. Mariano, que se caía de sueño, le agradeció a su amigo y le pidió que no lo dejara en casa. Laura se encontraba en la misma y no quería que lo vea en esa situación.

Publicado en Uncategorized | 3 comentarios

La Pregunta Semanal

¿Qué fue lo más grave que bancaste por amor? ¿Qué fue lo peor que te hicieron y no cortaste la relación? ¿A quién llegaste a lastimar? Contanos, es anónimo.

Publicado en La Pregunta Semanal | 17 comentarios

Ana & Moisés Parte II

Su padre la había acorralado: O se casaba con José o, por su culpa, los negocios familiares se irían a la quiebra y, acto seguido, todos migrarían al extranjero, con lo cual a Moisés volvería a verlo solo en foto. Sin embargo, esta amenaza era más un juego psicológico que otra cosa. Tanto Ana como su padre sabían, en el fondo, que la joven no tenía ninguna decisión que tomar. Ni que se hubiera revelado con todas sus fuerzas hubiese logrado su cometido. Quisiera o no, el matrimonio con José ya era un hecho, solo faltaba organizarlo.

Los intentos de Moisés tampoco surtieron efecto. Y no porque se haya quedado corto de argumento, sino porque, básicamente, era pelear contra la pared. Sus quejas tenían tanta repercusión como las que pueden tener hoy día las de un niño que no quiere hacer la tarea. A ninguna de las dos familias les importaba en lo más mínimo lo sentimientos de sus hijos, por el simple hecho de que, en la mayoría de los casos, las historias -con más o menos matices- se iban repitiendo de generación en generación. Es decir, los padres de Ana y los de Moisés, tampoco habían tenido ni voz ni voto a la hora de contraer matrimonio. Esto no quiere decir que no hayan existido las verdaderas historias de amor, pero en muchos casos era algo que se construía con el tiempo.

Así las cosas, un mes y medio después de aquel brindis siniestro, Ana se estaba calzando el vestido blanco para convertirse, contra su voluntad, en la esposa de José. Para amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe. Y así fue. O casi.

Al dar el sí, Ana también se convertía en la cuñada de Moisés, su amor. Paradójicamente, el día de su casamiento no sería recordado como la fecha más feliz de su vida, sino como la más triste. Y esa tristeza inexplicable que nos invade al cortar un vínculo, en el caso de Ana, la acompañaría, sino toda la vida, por muchos años más.

La relación entre José y Moisés no quedó tan resentida. Al igual que sus padres, José tampoco se había tomado muy en serio el pataleo de su hermano menor.

Al poco tiempo de casarse, Ana y José tuvieron su primer hijo. Y enseguida vino el segundo, el tercero y el cuarto. Todos con muy poca diferencia de edad.

José, debido a los negocios familiares, debía viajar constantemente a Europa. En esa época los viajes se hacían en barco, por lo que las ausencias eran de tres o cuatro meses. Mientras, Ana estaba dedicada de lleno a criar a sus hijos. Por su parte, Moisés, a pesar de haber tenido varias oportunidades, había decidido quedarse soltero.

Y así, todo fluía de manera normal. Infelizmente normal, pero fluía.

Luego del nacimiento de su quinto hijo y habiendo pasado ya muchos años de aquel corte que -salvo Ana y Moisés- nadie recordaba, José le pidió a su hermano menor si podía cuidar de su mujer y de sus hijos durante sus ausencias. Y así lo hizo. El tío Moisés se instalaba durante largas temporadas en la casa de su cuñada y velaba por la seguridad de la familia de su hermano. Sus sobrinos lo adoraban y Ana, en silencio, también. Estar tan cerca y tan lejos, era enloquecedor.

Aunque habrá más de un lector desconfiado, ambos decidieron respetar a José cueste lo que cueste. La convivencia era tan tortuosa como placentera. El corte de una relación que en realidad nunca existió, había quedado muy lejos, pero la herida persistía en ambos, igual que el primer día.

Con el correr de los años, las mudanzas a casa de su hermano eran parte de una rutina en su vida. Sin embargo, Moisés no se acostumbraba a las despedidas. Cada vez que José regresaba, era como un pequeño corte sobre la herida abierta. Sin embargo, lejos de distanciarlo de Ana, esto cada vez lo acercaba más y, la promesa de no traicionar a José cada vez costaba más.

Ana y José siguieron teniendo hijos. Dos más. En ambos casos, José había vuelto de Europa y se había encontrado con su mujer embarazada. Como en esa época no existían los test de embarazos, saber con exactitud el tiempo de gestación era imposible.
Lo que hoy es un secreto a voces dentro de la familia de Ana, en ese entonces era silencio absoluto. Nadie nunca se animó si quiera a insinuar que estos últimos dos hijos podrían no ser de José. Ni siquiera ellos mismos, que llamaron tío a Moisés hasta el día de su muerte.

Luego del nacimiento del séptimo hijo de Ana, Moisés, repentinamente, decidió irse a vivir al extranjero y alejarse definitivamente de su hermano, de su cuñada y de sus sobrinos. Nuevamente, la separación. Un nuevo corte por afrontar. Ahora sí, creían, se alejarían para siempre. Ese día, Ana lloró como en su casamiento. Sabía que era definitivo. Igual que la otra vez.

El resto, continuó sin sobresaltos. Ana conservaba esta herida como un tesoro que no quería compartir con nadie. Sus hijos crecían y José seguía viajando.

Una década después, Moisés regresó a la Argentina, ante la trágica noticia del suicido de Sergio, su otro hermano.

El mismo día del entierro, la familia encontró una carta en la que Sergio pedía perdón y comprensión. Y entre otras cosas, confesaba que también estaba enamorado de Ana.
Además del dolor a causa de la muerte de su hermano, Moisés sintió una culpa tremenda por no haber callado sus sentimientos, como lo había hecho Sergio.

Poco tiempo después, José enfermó gravemente y antes de morir, le pidió a su hermano Moisés que cuide a su familia hasta su último día.

Y así, con el pedido y de alguna manera el aval de José, con un secreto que nunca develarían y con el amor que se seguían teniendo a pesar del tiempo, Ana -quien ya tenía 60 años- y Moisés -75- se casaron. Sus siete hijos aceptaron el matrimonio de su madre con su tío, a quién querían casi como a un padre, ya que en muchos períodos de su vida, había sido la única figura masculina presente.

Fueron tan felices como pudieron. La pena de haber pasado la mitad de su vida separados era imborrable y, a la vez, la incertidumbre de cuánto tiempo tendrían por delante, muchas veces les impidió gozar como lo habían imaginado.

Menos de diez años después, Moisés fallece. Ana, por tercera vez en su vida debía soportar el dolor de separarse de su amor, y aunque en todas las oportunidades lo había sentido como una ruptura definitiva, esta vez no solo era definitiva, sino la última.

A los 70 años Ana volvía a enviudar, pero esta vez juró que sería la última. Y hasta sus 102 años se quedó sola.

Aquel secreto familiar anteriormente mencionado siguió creciendo durante esos 32 años, pero Ana se llevó la respuesta a la tumba. Sus hijos (el sexto y el séptimo) intentaron en varias oportunidades preguntarle a su madre quién había sido su verdadero padre y la respuesta, en todos los casos, fue José.

Share

Publicado en Ana & Moisés | 10 comentarios

Ana & Moisés Parte I

Esta historia nos llegó por la bisnieta de nuestra protagonista, quien se encontraba en una situación similar a la que relataremos acá.

Ana conoció a Moisés en la fábrica de su padre. Ella estaba correteando por la algodonera -la empresa familiar- cuando, de sopetón, vio entrar a un señor mayor junto a su hijo de aproximadamente 30 años, exactamente el doble de su edad. Eran Moisés y su padre Andrés, que tenían una reunión de negocios con el papá de Ana.

Moisés y Ana se miraron fijo, pero no fue amor a primera vista. Sin embargo, ambos sintieron una atracción que jamás habían experimentado. El episodio no trascendió y solo volvieron a cruzarse algunas veces en el barrio, pero nunca intercambiaron palabra. Se miraban y se pensaban en silencio. Ella tenía 15 años y, en esa época (década del 20), había convenciones que no se desafiaban. Además, en todas las oportunidades, Ana estaba acompañada de su padre o madre, cosa que hubiese impedido cualquier intento de acercamiento que, de todos modos, Moisés nunca intentó.

Tres años más tarde del primer cruce, Ana y Moisés compartieron la primera cena.
Ella había cumplido 18 años y sus padres organizaron un evento al que invitaron a varias parejas amigas de la familia, entre las que se encontraban los padres de Moisés y sus tres hijos varones.

Desde el primer momento que supo de este festejo, Ana pensó cómo arreglarse para ver al hombre del cual se había enamorado en secreto. Moisés, por su parte, había esperado este encuentro tantos años que no sabía cómo actuar al momento de tenerla frente a sus ojos. Ninguno de los dos tenía con quién hablar del tema; contar esto era literalmente la nada misma, ya que no había nada que contar ¿Qué iba a decir él, que estaba enamorado de una chica con la que jamás había hablado? En el caso de Ana, cualquier comentario era impensable. En esa época, las mujeres no se fijaban en hombres sin la aprobación de sus padres. O mejor dicho, se fijaban, pero callaban.

El día de la cena llegó. Cuando Moisés entró junto a su familia a la casa de Ana, ambos sintieron la vergüenza de quién se siente expuesto en sus sentimientos, aunque en la realidad, nadie registraba nada. Ninguno de los dos había comentado nunca con nadie ese amor quizá platónico que sentían el uno por el otro, con lo cual no había de qué preocuparse. Apenas se ubicaron alrededor de la mesa, el padre de Ana propuso no un brindis, sino dos. Uno, obvio, por el aniversario de su primogénita y, otro, para presentarle a su futuro esposo: José, el hermano mayor de Moisés. Sin previo aviso, sin nunca haberle consultado nada, los padres de Ana ya habían arreglado su matrimonio con José, un mes antes de la reunión. En el mismo momento que se veían obligados a levantar las copas, Ana le clavó una mirada fulminante a Moisés que lo dijo todo.

Al otro día, se encontraron en secreto y se dijeron todo. Moisés prometió hablar con su padre y luchar por el amor de Ana. Así las cosas, él intentó explicarle a su familia que se amaban el uno al otro, pero para el padre de Moisés, no era una cuestión de amor sino de turnos: José era el mayor -tenía 37- y se tenía que casar primero, con más urgencia. Además, José también estaba enamorado de la bella Ana.
En el caso de ella, cualquier intento de explicación hubiera sido en vano. Las mujeres de esa época no tenían ni voz ni voto. Sin embargo, Ana intentó persuadir a su padre , quien de una manera tortuosa la puso entre la espada y la pared y la obligó a tomar una decisión: Si no se casaba con José, los negocios entre ambas familias se cancelarían y así su familia se iría a la quiebra sin escalas, lo cual como consecuencia traería la necesidad de migrar al extranjero, a su país natal y esto también acarrearía la imposibilidad de Ana de, por lo menos, tener el simple placer de seguir viendo a Moisés y soñar.

¿Qué decisión tomaría una chica de 18 años, en la década del 20, con tanto peso sobre su espalda?

Share

Publicado en Ana & Moisés | 5 comentarios